PIERRE Y JEAN MAUPASSANT, GUY DE

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Resumen

El viejo Roland, joyero jubilado, se retira junto a su esposa a Le Havre para entregarse a su pasión por el mar y los barcos. Hasta allí acuden sus hijos, Pierre y Jean, recién licenciados de sus estudios en París, uno médico, el otro abogado, para disfrutar de las vacaciones y planear su futuro. La armonía de la que disfruta este hogar, frecuentado por una jovencísima viuda con quien comparten excursiones, almuerzos y paseos por los alrededores, se verá sacudido por la llegada de una misteriosa herencia que recae en uno de los hermanos. El legado detona una rivalidad latente. Las dudas asaltan al no favorecido, Pierre, que arrastrará a su soñadora y distante madre –magnífica representación del universo femenino– a un callado infierno. Escrita por Maupasant en el verano de 1887, esta novela describe vívidamente la atmósfera de las calles de una ciudad marítima, los cafés abarrotados, el gozoso tiempo estival, las travesías marinas…, ambiente que envuelve la vida descansada de una familia de la pequeña burguesía francesa a fines del XIX, y que la gestación de un drama familiar. Esta magistral historia, llevada al cine en diversas ocasiones, inspiró la película de Buñuel, Una mujer sin amor, en 1951.

1 críticas de los lectores

7

Pedro y Juan (1888) Mauppassant Francisco Prida Peláez Dos hijos con desigual suerte. Madre atormentada. El legado detona una rivalidad latente. Las dudas asaltan al no favorecido, Pierre, que arrastrará a su soñadora y distante madre –magnífica representación del universo femenino– a un callado infierno. Bien escrito, da gusto leerlo. Buenas ideas (notas): confesión de una madre, la despedida... Mauppassant (1850) Obras: Bell ami, Bola de sebo NAVEGAR (PTOS 7) PÁGINA 48 Madame Roland, una mujer de cuarenta y ocho años que no los representaba, parecía gozar más que nadie de ese paseo y del final del día. Sus cabellos, castaños, apenas empezaban a encanecer. Su aspecto era tranquilo y razonable, y daba gusto ver su aire sosegado. Según decía su hijo Pedro, daba importancia al dinero, lo cual no le impedía disfrutar el encanto del ensueño. Le agradaba leer novelas y poesías, no por su mérito artístico, sino por los sentimientos melancólicos y tiernos que despertaban en ella. Un verso, a veces insignificante, con frecuencia sin mérito alguno, le daba la sensación de un misterioso deseo casi realizado. Desde que llegaron a El Havre engordaba a ojos vistas, lo que desarrollaba su talle, antaño flexible y esbelto. Aquella salida al mar la había cautivado. Su marido, sin ser brutal, la trataba con despego. Ella, por horror al escándalo, a las escenas y las explicaciones inútiles, cedía siempre y nunca pedía nada; por este motivo, hacía tiempo que no se atrevía a pedir a Roland que la llevara de paseo por el mar, razón por la cual ahora aprovechaba gozosamente esta circunstancia y saboreaba el raro y nuevo placer. Desde que embarcaron se abandonó por entero, en cuerpo y alma, a ese dulce deslizarse sobre el agua. No pensaba en nada, no divagaba entre recuerdos ni entre esperanzas; le parecía que su corazón flotaba, como su cuerpo, sobre algo delicado, fluido, delicioso, que la acunaba y la embriagaba. DECLARACIÓN DE AMOR DE LA MADRE (PTOS 9) PÁGINA 260 –Bien, sea. Por lo menos, no te habré engañado. Tú quieres que permanezca a tu lado, ¿no es eso? Para que podamos vernos, hablarnos, estar juntos en casa, ya que no me atrevo a abrir una puerta por temor de que detrás esté tu hermano, es preciso, no que me perdones (nada humilla tanto como el perdón), sino que no me guardes rencor por lo que hice... Es preciso que te sientas lo bastante fuerte, lo bastante diferente de los demás para poder decirte que no eres hijo de Roland sin avergonzarte por ello y sin despreciarme... Yo ya he sufrido bastante... He sufrido demasiado, ya no puedo más... Y no desde hace unos días, sino desde hace mucho tiempo... Nunca podrás comprenderlo. Para poder vivir juntos y besarnos, mi pobre Juan, piensa que, si fui la amante de tu padre, fui todavía más su esposa, su verdadera esposa; que no me arrepiento de nada, que le amo todavía después de muerto, que siempre le amaré, que sólo a él he amado, toda mi vida, toda mi alegría, toda mi esperanza, todo mi consuelo, todo, absolutamente todo para mí durante muchísimo tiempo. Escúchame, pequeño. Pongo a Dios por testigo de que, de no haberle conocido, no hubiera tenido ni un momento feliz, nada, ni la menor ternura, ni una hora de las que nos hacen lamentar envejecer, ¡nada! ¡Todo se lo debo a él! Solamente he tenido en el mundo a él y a vosotros dos, a tu hermano y a ti. Sin vosotros, mi vida sería más negra que la noche. Nunca hubiera amado a nadie, ni conocido nada, ni deseado nada; sólo hubiera llorado, ¡porque he llorado mucho, mi pobre Juan! ¡Oh, sí! ¡Cuánto he llorado desde que vinimos aquí! Me había entregado a él por entero, en cuerpo y alma, para siempre, y fui dichosa durante los diez años en que fui su esposa, como él fue mi marido ante Dios, que nos creó el uno para el otro. Y luego comprendí que no me amaba como yo a él. Se mostraba amable, pero ya no era para él lo que había sido. ¡Ya no me amaba! ¡Oh, cómo lloré!... ¡Qué miserable y engañosa es la vida!... Nada perdura... Y llegamos aquí y nunca más le vi, nunca vino a visitarnos... ¡Prometía venir en todas sus cartas! ¡Le esperaba!... ¡Y no volví a verlo!... ¡Y luego murió!... Pero continuaba amándonos, puesto que pensó en ti. Yo le amaré hasta el último suspiro y nunca renegaré de su amor, y te amo a ti porque eres su hijo, y no me avergüenza decirlo en tu presencia. ¿Comprendes? Si quieres que me quede, debes aceptar ser su hijo y que hablemos de él algunas veces, y amarle un poco, y que pensemos en él cuando nos miremos. Si no quieres, si no puedes, entonces adiós, mi pequeño, pues es imposible que vivamos juntos. Haré lo que tú decidas. Juan respondió con un tono cariñoso: –Quédate, mamá.

hace 2 meses