EL COLOR DE LAS PULGAS MARÍN GONZÁLEZ, MARIO

Nota media 10 Excelente 1 voto 1 críticas

Resumen

El color de las pulgas es el cuaderno de apuntes de Domingo. Se cuenta que la opción vegetal es la elección necesaria cuando el ecosistema es un mojón de ámbito. Un barrio populoso, un grupo de amigos que decide parar su evolución natural y quedarse en el margen, aliñar sus mañanas con cerveza y hachís y mantener intacta su amistad sin necesidad de pactos ni protocolos. Es Invencionismo puro. Una cáscara protectora, la renuncia al sistema, el anclaje al gueto, trapicheo, compra venta de todo y el INEM como segunda casa. Inventamos nuestra vida a cada momento, construimos una realidad paralela en un territorio con doble titularidad, la nuestra y la de los demás. Yo controlo el tiempo y lo tengo todo. Yo invento. El Invencionismo es una pose incontaminada, arcano puro. Es ver venir los problemas y no solucionarlos; rodearlos. Los invencionistas pensamos que existe la satisfacción, después la dicha, después la alegría y por último la felicidad. La felicidad es para los invencionistas. Nosotros pensamos que lo que no se piensa no existe. No existe el escándalo, ni lo prohibido, ni lo amoral, ni lo peligroso, ni lo uniforme, ni la familia tipo, ni el polvo perfecto, ni la mejor mamada, ni el mejor culo, ni lo adecuado, ni lo correcto. Tampoco existen los malos tiempos, porque a Andrés, gracias a Dios, nunca le falta el hachís. Es un relato de perdedores que siempre ganan, una trayectoria colectiva fallida, un culto al exceso y un gusto metacostumbrista por el surrealismo cotidiano. Con una estructura de tapiz y en un escenario horma, siete amigos tienen que deshacerse de una muerta y lo hacen fieles a su vida; sin capacidad para planificar y siempre intoxicados. Lo que venía siendo una aventura mature más de Julito, termina en un chocazo y muerte instantánea. Domingo ve venir el vendaval de mierda y marca un esbozo de ocultamiento marcado por la indisciplina grupal. Si a primera vista largar un cadáver parece poca cosa para tipos de calle, la improvisada realidad evoluciona en comedia fofa y dadá. La mezcla de perfiles anochecidos y en alargado estado de ciego con un intento de plan necesitado de rigor, es en sí mismo un plan derrotado de inicio. Donde no hay seriedad, solo puede y debe surgir esperpento. Pero El color de las pulgas también es una historia de amor desangrado, recio y contundente. Una pasión, la de Domingo con Luisa, de compás irregular y maleable, que recibe a cada poco los machetazos de los problemas mentales de ella y la fidelidad al Invencionismo de él. Un amor de ida y vuelta, de poza y primavera; un amor trabajado y mostrenco. El mismo amor que mueve a la felicidad y a la locura.

1 críticas de los lectores

10

Esta novela cuenta, en versión cromo y panorámica, cómo la opción por una vida mineral y el anclaje al barrio, termina precipitando en un ritmo vital ajeno a rigores y a oficialismos; pausado, contemplativo y finalmente acertado. Una ciudad pequeña, un barrio con años, un grupo de amigos cuya única ocupación es fumar porros al sol y beber cerveza. Han fabricado una horma propia en torno a la amistad, con el menudeo de drogas y la pequeña delincuencia como ejercicios de mantenimiento y la compra venta de robado y el cobro de subsidios sociales como fuente esencial de ingresos. Domingo, personaje central, ha desarrollado una teoría particular como muleta para las ventiscas; el Invencionismo. Inventamos nuestra vida a cada momento, construimos una realidad paralela en un territorio con doble titularidad, la nuestra y la de los demás. Yo controlo el tiempo y lo tengo todo. Yo invento. El Invencionismo es una pose incontaminada, arcano puro. Es ver venir los problemas y no solucionarlos; rodearlos. Los invencionistas pensamos que existe la satisfacción, después la dicha, después la alegría y por último la felicidad. La felicidad es para los invencionistas. Nosotros pensamos que lo que no se piensa no existe. No existe el escándalo, ni lo prohibido, ni lo amoral, ni lo peligroso, ni lo uniforme, ni la familia tipo, ni el polvo perfecto, ni la mejor mamada, ni el mejor culo, ni lo adecuado, ni lo correcto. Tampoco existen los malos tiempos, porque a Andrés, gracias a Dios, nunca le falta el hachís. El color de las pulgas es una historia de entrega, de fallos, de gusto por el exceso. Un relato de surrealismo primigenio y balbuceante, un esperpento metacostumbrista, un camino sin salida. Es, en mitad de la cotidianeidad más sobresaltada, una póliza de lealtad firmada por todos. Domingo lo describe sin tachaduras cuando habla de Juanita en los primeros momentos. Ahora a mi lado estaba Juanita, un bujarra tan bonito como el recorte celeste de las tardes sobre la retama, en La Bota, sobre la arena, sin toalla, con un litro y un porro. Juanita es amigo del barrio desde siempre, muy maricón desde chico. Bajaba a la plazoleta con las uñas y los labios pintados y se ponía de portero. Era buenísimo. Y sin miedo. Se te tiraba a los pies y se dejaba media carne en el cemento. Después se levantaba rápido, muy parguela, con el balón contra el pecho, y se ponía a gritar, que había que cerrar más, que delante solo uno. Sabía mandar. Un máquina, sin guantes, sin rodilleras, siempre con la camiseta de portero de su hermano. Un amigo de verdad, sin miramientos ni paraqués. Con una estructura de andamios cruzados, ésta es en resumen, una historia sustentada sobre el concepto más ortodoxo de gueto, sobre una escenografía marcada por un territorio crisálida, donde un grupo de siete amigos miden su vida por la calidad de los porros y la ausencia de problemas, cuando, accidentalmente, tienen que deshacerse de un cadáver. Lo que como en otras ocasiones no había sido sino otra aventura más de sexo de vecindario, de repente se convierte en una ventolera imposible que amenaza con llevarse a Julito por delante. Domingo traza un boceto de plan que va reinventándose con cada día que pasa. Si en un primer momento, eliminar todo rastro de una muerta, parece muy al alcance para individuos hechos a la calle, la realidad deviene en comedia derretida y surrealista. Mezclar personalidades asociales y en permanente estado de toxicidad con las trazas de la más mínima disciplina, es una estrategia fallida en su propia concepción. La imposibilidad para la seriedad y el agarre continuo al hachís y al alcohol, hacen que cada paso adelante conlleve tres o cuatro para atrás. Pero también es una historia de amor trágico y doloroso, áspero y rotundo. Un amor, el de Domingo con Luisa, de perfil discontinuo y elástico, marcado por los problemas mentales de ella y el compromiso con el relativismo de él. Un amor bacheado por los abandonos estacionales de Luisa, inmersa en su poza, en su territorio ya saldado. Un amor solo hilvanado, un amor mostrenco. El mismo amor que ha creado las más importantes obras de la literatura universal o las más pequeñas. Historias como ésta.

hace 4 años