La dama y los laureles basa su argumento en el equívoco tan grato al espíritu teatral: Willy Chliders, joven inglés de escasa proyección, es enviado a Sudáfrica a la vera de su tío. Allí demostrará pocas aptitudes para ganar dinero o hacerse con un hueco y, para colmo, se enamorará de una actriz de teatro, de paso en la ciudad. Y los «amigos» de Willy, cuando este, por debilidad física, se quede ciego, le montan una cita con una mujer local, quien finge ser la idolatrada actriz, amparándose en la ceguera de Willy. El embrollo está montado, y a partir de ahí solo puede complicarse. Pero reducir lo que este pequeño relato transmite al mero divertimento del equívoco casi teatral es distorsionar mucho la verdadera naturaleza de esta obrita: su argumento recuerda mucho a aquella magnífica película, Calle Mayor (Juan Antonio Bardem, 1956) —¡es casi calcado!—, donde un grupo de amigos engañaban a una solterona fingiéndose, uno de ellos, enamorado de la víctima, y, como en Calle Mayor, el argumento trasciende para convertirse en una agria reformulación de la realidad, de las ilusiones, de la mezquindad, y de los límites de lo falso y lo real. Y, encima, la prosa es directa, convenientemente podada de florituras, manteniendo al lector apegado a sus páginas. Creo que es la primera vez que se vierte a Leonard Merrick al español, pues es un autor semiolvidado, que apenas gozó de estima más allá de sus propios colegas novelistas. Lo que se nos ofrece es tan solo una pequeña muestra, un relato que no llega al centenar de páginas, pero que visto lo visto, o está muy bien seleccionado, o estamos ante un autor que merece mucho la pena. (Carlos Cruz, 12 de mayo de 2015)
hace 9 años