Es 1949, y el anciano Lloyd Wilkinson Petrie, uno de los últimos siete antiguos alumnos de la Temple Academy —una escuela de chicos cerrada desde hace décadas—, se dispone a escribir unas memorias de sus años en aquella institución aristocrática. Concebida como un diario, su redacción entremezcla las constantes distracciones del presente con los vaivenes de una memoria cada vez más inestable, que aun así le permite evocar el sutil antisemitismo que marcaba la vida de la escuela y la fascinación que sentía por la herencia de su propia familia. De este planteamiento surge una de las narraciones más singulares de Cynthia Ozick, en la que, con su voz distintiva, se entrelazan mito y manía, historia e ilusión.