Ahora nos enfrentamos a una obra maestra de la ciencia ficción. Sin embargo, me temo que esa consideración se apoya más en lo que significó en su momento y en su influencia posterior que en la solidez interna de su mundo. Los problemas que se le pueden achacar son, paradójicamente para una obra tan bien considerada, una cierta falta de imaginación. Genly Ai, su protagonista, funciona más como un dispositivo narrativo que como un personaje: es un trasunto del lector medio de ciencia ficción de finales de los sesenta, hombre blanco, heterosexual, estadounidense, liberal y sexista. Le Guin exagera estos rasgos para criticar su mirada, pero ello provoca que el personaje no cumpla adecuadamente su función dentro de la obra: es un pésimo diplomático que, incluso a día de hoy, se percibe como mal envejecido. El mundo que se nos presenta resulta excesivamente cercano a 1969 pese a pretender ser radicalmente distinto. Sus Estados y su política remiten claramente a la Guerra Fría; las instituciones son perfectamente reconocibles; las infraestructuras son las nuestras y no unas adaptadas a un mundo helado; y, lo que quizá resulta más decepcionante, la biología radical tiene consecuencias mínimas. La idea es brillante, pero está poco desarrollada: la sociedad no se adapta realmente a su biología, sino que se limita a reproducir la nuestra, con instituciones prácticamente idénticas. La propuesta no binaria apenas se explora; habría sido interesante una mirada más íntima y personal, que mostrase qué significa ser padre y madre en ese mundo, así como las relaciones con los hijos y entre los propios adultos. La novela se divide claramente en dos partes. La primera mitad, lenta y explicativa, es muy deudora de su época: se tiene la sensación de estar leyendo el relato de un —mal— diplomático estadounidense de viaje por la URSS. Se siente vieja y algo tediosa. Es en la segunda mitad donde la novela brilla: aparecen la tensión, la intimidad y el viaje, junto con un sorprendente cambio de estilo que, no obstante, rompe la coherencia interna, pues Genly Ai parece otro personaje. Su relación con Estraven resulta luminosa, aunque ambos personajes se asemejan demasiado en su forma de pensar para proceder de planetas, culturas y realidades biológicas distintas. Fue una novela revolucionaria, abrió caminos y fue profundamente original, pero me temo que hoy ya no funciona plenamente como experimento antropológico, social o biológico. Su primera mitad ha envejecido mal; su segunda mitad sigue brillando. Me temo que, a día de hoy, no puede seguir considerándose una obra maestra sin, al menos, matizar esa afirmación, dado que tampoco su calidad literaria no alcanza realmente ese nivel.
hace 1 día
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