¿Cómo se explica una novela que parece improvisada como una pieza de jazz y que, al mismo tiempo, esconde una construcción literaria tan minuciosa? Eso es precisamente lo que ocurre con Ocho gallinas, una obra tan original como fascinante.
Ya desde sus primeras páginas queda claro que José Aguilar Civera no pretende contar una historia convencional, sino construir un universo propio, extraño, libre, profundamente humano y lleno de inteligencia. Y lo más admirable es que lo consigue con una naturalidad pasmosa.
Tito Miralles, “joven, alto, flaco, moreno y feo”, vive en un ático madrileño junto a su novia Tere y ocho gallinas bautizadas con nombres de sierras españolas. Ambos forman parte de Escolopendra, un grupo de jazz cuyos integrantes convierten las calles de Madrid en el escenario de pequeñas acciones absurdas, improvisadas y aparentemente inocentes: los llamados “chispazos escolopendra”. Pero lo que podría parecer una simple sucesión de escenas excéntricas acaba desembocando en una novela inmensa, donde el humor, la filosofía, la sátira social y el misterio se mezclan de forma magistral.
La aparición de Ciro Karami, millonario iraní obsesionado con el estudio del sueño y del inconsciente colectivo, eleva todavía más la propuesta. A través de sus investigaciones, la novela se adentra en terrenos fascinantes relacionados con Jung, los símbolos, la vigilancia masiva, el análisis de datos y esa extraña posibilidad de que la humanidad entera esté conectada a través de los sueños. Hay momentos en los que uno no sabe si está leyendo una sátira sobre el Big Data, una reflexión filosófica sobre la identidad colectiva o una comedia delirante protagonizada por músicos bohemios. Y precisamente ahí reside buena parte de su grandeza.
Porque Ocho gallinas es una novela profundamente libre. Sus personajes desafían constantemente el sentido común, se resisten al borreguismo y encuentran belleza en los pequeños gestos, en la espontaneidad y en la alegría sencilla de vivir. Entre conversación y conversación, entre chispazo y chispazo, el lector se descubre reflexionando sobre cuestiones enormes sin apenas darse cuenta. Todo parece improvisado, como una pieza de jazz, pero detrás hay una construcción literaria minuciosa, donde ninguna palabra parece colocada al azar.
La prosa de José Aguilar Civera es sencillamente maravillosa. Hay diálogos cuasi irracionales que esconden montañas de ironía, descripciones llenas de musicalidad y una capacidad extraordinaria para convertir lo cotidiano en algo mágico. Por momentos recuerda al mejor Eduardo Mendoza, especialmente en esa mezcla de absurdo, inteligencia y ternura, aunque la voz de Aguilar resulta completamente personal.
Además, Madrid adquiere un protagonismo especial. La ciudad no es solo un escenario: respira, acompaña y participa en la historia como un personaje más. Todo en la novela transmite autenticidad, imaginación y amor por la vida.
Hacía tiempo que no leía un libro tan original, tan valiente y tan lleno de alma. Ocho gallinas es una obra sublime, una de esas novelas que parecen imposibles de explicar del todo y que, precisamente por eso, hay que leer. José Aguilar ha construido algo extraordinario: un rompecabezas literario fascinante, divertido, poético y profundamente inteligente que deja al lector con la sensación de haber descubierto una pequeña joya. (Inma Muñoz, 22 de mayo de 2026)
hace 58 minutos
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