Este libro es un magnífico ejemplo de la "nadería literaria" que se cuela en los catálogos de las editoriales, con intensidad singular en Alfaguara, por cierto. Leer la solapa del libro al final de la novela es quedar una vez más estupefacto por el curriculum de un autor carente por completo de talento. En este título, el efecto se agrava al convertir la biografía de una persona supuestamente admirable en la realidad, en un personaje vacuo, caprichoso y simple en la ficción. El propio planteamiento de la obra supone un error en sí mismo: contar los pasajes fundamentales de una vida cuarenta años después del fallecimiento de la protagonista a partir de la entrevista del marido y algunas otras conversaciones, y plasmar lo escuchado en un relato pormenorizado donde se describe cada detalle intrascendente y se "reproduce" cada conversación insustancial. Así es, la secuencia de acontecimientos, que podrían presentarse con elegancia y profundidad, se reducen a decisiones inexplicadas, a interacciones superficiales y a cientos de detalles completamente inocuos que no aportan nada salvo una mayor extensión de la narración. Por otra parte, el estilo del autor es pobrísimo, rácano e infantil, con un adjetivo acompañando cada sustantivo, con coletillas continuas ("le gustaba", "le hablaba"...), y con diálogos a la altura de los propios de niños de ocho años. Todo ello, además, aderezado con una erudición de hipermercado en la búsqueda de un interés con el que llenar la sensación continua de vacío.
hace 2 horas
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