Es una lectura que te atrapa. Se mueve estrictamente en el terreno de la reconstrucción histórica del asalto por el maquis comunista de una delegación de Falange en Cuatro Caminos en 1945. Pero sirve también para realizar una magistral recuperación de los primeros años de la España de posguerra. El texto muestra un valor impresionante de documentación y recreación con gran conocimiento de esos años oscuros. Hay que subrayar la capacidad para que, con datos estrictamente históricos, se lea el libro con el interés de un relato y el suspense de una historia policiaca. Y luego los guiños a los clásicos, no solo por el encuentro del cartapacio en la feria del libro viejo de la Cuesta de Moyano (¿real?), sino por los admirables títulos de los capítulos y los breves comentarios, tan cervantinos y picarescos. El homenaje a los grandes novelistas españoles Cervantes, Galdós, la picaresca, está siempre tan presente. Destaca la neutralidad, que no equidistancia del autor. Predomina en Trapiello la compasión en el trato a todos estas personas (personajes), de un lado y de otro; en ocasiones, estas semblanzas pierden piedad ante el comportamiento sectario de ellos mismos marcado por el cumplimiento a ciegas de los designios del Partido (con mayúscula), o los que actuaron con la feroz ideología de represión que acompañó a las fuerzas vencedoras. Además, plantea temas que hoy en día resultan difíciles de manejar, sobre todo tras el reconocimiento por las leyes de memoria histórica de los guerrilleros comunistas como “luchadores de la democracia”, cuando lo cierto es que empleaban métodos violentos que sin duda calificaríamos hoy como “terroristas”, y provocaron la muerte en asaltos, secuestros y venganzas de más de 1000 civiles: “víctimas y victimarios” a la vez les llama con acierto. Se sufre al ver sus caras, recogidas en las fotos de los informes oficiales del atentado, allí vemos hombres jóvenes, en lo mejor de su vida, alguna mujer, con aquellos gestos y peinados deudores de los protagonistas de las películas del Hollywood de oro; nos llena por dentro, nos rebosa su mala fortuna, pero también su entereza, o sus debilidades humanas al afrontar las terribles torturas de la policía. Nos sumamos con el autor al desprecio hacia los dirigentes del PCE, especialmente Santiago Carrillo y Pasionaria, - luego recuperados en la Transición- por la indiferencia con la que mandaban al paredón a sus militantes, o encargaban a otros la ejecución de supuestos chivatos o provocadores. Muy sucia, muy turbia la historia la historia del Partido durante estos años, aunque luego la quisieran tapar. Hallamos algo de consuelo en uno de los capítulos del final “Los personajes del drama”, donde repasa por orden alfabético las decenas de personas que participaron en los hechos. Nos consuela que algunos rehicieron en parte sus vidas, que pudieran seguir adelante, que salieran vivos de las cárceles; otros están ahora (eran los noventa cuando se escribe el libro y todavía sobrevivían algunos) arrepentidos de sus actividades violentas. Sorprende el contradictorio sentimiento de sus descendientes: para unos sus padres fueron héroes, pero otros les echan en cara abandonarles, dedicarse a la revolución, a su revolución, y no haber sido padres, alguno ni siquiera quiere recordarlos. En fin, “La noche de los Cuatro Caminos” es memoria histórica de la verdad, en estado puro, con mayúsculas, porque es auténtica “intrahistoria”, nos enseña cómo la Historia con mayúscula cayó encima de estas personas desgraciadas, y truncó sus vidas. Y reflexión profunda sobre la inutilidad de la violencia, (los asesinados en la delegación de Falange eran casi más desgraciados que los propios guerrilleros, que ya es decir, y, encima, se les utilizó políticamente para blanquear al régimen, en los meses en que ya se vislumbraba la derrota alemana. Sin perder de vista el estilo de Trapiello, que para mí, que he leído no hace mucho “Me piden que regrese”, es de lo mejor ahora mismo en castellano.
hace 1 día
Amazon
Agapea